Un palmito por porción: recuerdos de la Pizzería Costa Azul

Por Juan Freytes

Las mejores pizzas de Rosario fueron y serán las de Costa Azul. No lo son, porque aquel entrañable boliche ubicado en la esquina de Urquiza y Pueyrredón dejó de funcionar hace ya mucho tiempo, en algún momento cercano al cambio de milenio.

Si uno se pone a pensar, es curioso que haya ganado tal consideración porque Costa Azul desafiaba valores consagrados en cuanto a lo que se espera de una buena pizza. La masa nunca salía crocante y era demasiado alta para ser a la piedra pero demasiado baja para ser al molde. La salsa era en verdad muy dulce y el queso, ese queso tan particular, se esparcía irregular sobre la superficie gomosa.

Por lo general pedíamos a domicilio: era un clásico en casa de los Granados, a una cuadra por calle Tucumán. El delivery funcionaba a pata y estaba a cargo el hijo de los dueños, un sanjuanino bonachón y rudimentario que hacía sonar el timbre con dos toques cortos y uno apenas más prolongado, o algo por el estilo. Era divertido escucharlo llegar y maravilloso saber que había llegado.

De vez en cuando aparecíamos por el local, inexplicablemente decorado con afiches enteros de papel laminado colgando del techo. Contra una de las paredes, sobre la puerta del baño de hombres, un juego de hamacas y toboganes reunía al puñado de pibes que solía estar en el lugar acompañando a sus padres.

Empezamos a ir más seguido cuando se instauró la modalidad pizza libre. Muertos de hambre adolescente, no teníamos mucho dinero y –lo más importante– éramos fundamentalistas de Costa Azul: era el programa perfecto.

Lo que no pudimos ver: la generosa estrategia comercial era quizás el último intento que el comedor ensayaba ante la crisis económica y espiritual que por esos años terminó con tantas cosas que quisimos. Tantas cosas que nos hacían bien.

La cuestión es que allí estábamos, por lo general en grupos de cuatro, compitiendo en parejas para ver quién come más y los perdedores pagan la Coca. Las veladas solían terminar en un empate pactado, con todos los participantes al borde del colapso digestivo: nadie iba a permitirse los gastos de la bebida.

Imposible olvidar la pizza de palmitos: a diferencia de cualquier otra pizzería del universo, aquí se colocaba un palmito entero sobre cada rebanada. La de pollo, la napolitana, la de roquefort. El horno inmenso y ardoroso a la vista del público, la enorme barra de madera, el sanjuanino padre transpirando riñas con la caja registradora.

Resulta llamativo, pero casi no existe registro de la Pizzería Costa Azul en la web. Apenas un comentario con fecha del 23 de noviembre de 2009 que se lee bajo un desopilante artículo de blog que pretende desmitificar las pizzas de la Santa María. Escribe Rubén:

La Pizzeria Costa Azul, calle Pueyrredón y Urquiza (la salsa de tomate era dulce y el queso espectacular). Hoy, ni por las tapas encontramos algo de este estilo, el que la haya probado sabe a lo que me refiero…